Los espías del poder

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Por Ricardo Ravelo

En la época del régimen priista, quizá una la más oscura que se recuerde, ningún actor social escapó al espionaje del Estado mexicano. A través de sus órganos de inteligencia, el Gobierno federal pudo conocer la vida privada de todos o casi todos los personajes importantes de México: nadie se escapó de la escucha telefónica clandestina ni escondió pasaje alguno de su vida privada que no se conociera en las altas esferas del poder.

Mediante la práctica del espionaje, el Presidente de la República conocía la vida privada de amigos y enemigos: qué negocios manejaba, cuánto gastaba, a dónde viajaba, si tenía amantes, si era homosexual y con quien o quienes desataba sus correrías, si la esposa lo engañaba o si tenía pareja del mismo sexo, si tenía vicios o era adicto a las drogas…

Amplia y discreta era la red privada de informantes que trabajaban para el Gobierno –la Secretaría de Gobernación, la Presidencia de la República o la Secretaría de la Defensa Nacional – que se dedicó por décadas a espiar a artistas, activistas sociales, periodistas, líderes sindicales, pintores, fotógrafos y hasta personajes internacionales de la talla de la reina Isabel II de Inglaterra y los revolucionarios Fidel Castro Ruz y Ernesto Che Guevara, quienes planearon el ataque al Cuartel Moncada desde México y con el apoyo del Gobierno mexicano para derrocar a Fulgencio Batista, entonces poderoso Presidente de Cuba.

En la etapa civil, el primer grupo de élite que se abocó a estas tareas fue la Dirección Federal de Seguridad (DFS), la siniestra policía política del régimen, creada por Miguel Alemán Velasco. En una parte su historia este ejército del mal fue dirigido por Fernando Gutiérrez Barrios, considerado “el policía político del régimen”.

Más tarde lo secundó en el cargo Miguel Nazar Haro, otro personaje de la historia negra de México que fue acusado de tortura, desaparición forzada y de espionaje. También se dedicó a la importación de vehículos “chocolates” e hizo una buena mancuerna con Javier García Paniagua. Ninguno de ellos estuvo ajeno al narcotráfico.

Y es que desde las filas de la DFS emergieron, pujantes, la mayoría de los capos del narcotráfico. Ahí están los casos de Rafael Aguilar Guajardo, Amado Carrillo Fuentes –ambos cabezas del Cártel de Juárez en la década de los noventa –y Manuel Bitar Tafich, operador financiero de Carrillo Fuentes, quien ahora es un próspero empresario hotelero en la Comarca Lagunera.

La historia negra de Nazar es elocuente. Se afirma que tenía contactos por todos lados. Él y Gutiérrez Barrios disponían de informantes por doquier. A su servicio había taxistas, meseros y las prostitutas finas de los burdeles de postín de la Ciudad de México a donde se daban cita políticos y empresarios.

La red de prostitución, por ejemplo, era muy eficaz en las tareas de espionaje: tan pronto un cliente abandonaba el hotel después de una noche de placer con alcohol y drogas las mujeres contratadas para la orgía se ganaban un dinero adicional al pasar el reporte correspondiente a la DFS. Nazar y su equipo se encargaban del pago y de recompensar “el gran servicio” con algunos regalos. Era una maquinaria muy bien aceitada y funcionaba muy bien, según se decía entonces.

En aquellos tiempos, cuando la tecnología no era tan sofisticada como ahora, estos personajes disponían de recolectores de basura especiales para robarse los desechos de algunas residencias. La basura es información, decían. Y todos los días la analizaban y después elaboraban un reporte.

Los archivos del Cisen, por ejemplo, abiertos en el Palacio de Lecumberri, dan cuenta de amplios informes donde se cuentan pasajes de la vida sexual de Juan Gabriel, María Félix, Lola Beltrán y algunos capos de la droga como Miguel Ángel Félix Gallardo, Ernesto Fonseca, Don Neto, y Rafael Caro Quintero, famoso en la década de los ochenta porque solía regalarle a sus amigos automóviles Grand Marquíz y porque ofreció pagar la deuda externa de México, la ostentación y el poder económico sin límites.

El famoso Servicio Secreto –una policía que operó en el país y que era todo un cártel al servicio del narcotráfico – en realidad actuaba como una red de espías que se dedicaban no a la prevención de los delitos sino a darle seguimiento a las actividades de activistas políticos, sociales y a la protección del narco.

En su lista de objetivos también se incluyeron a líderes sindicales, esposas, amantes e hijos de políticos. En miles de casos, los servicios de inteligencia también mantuvieron durante años –y hasta el Gobierno de Enrique Peña Nieto era una práctica ordinaria –otra red de informantes: la que integraban mujeres del servicio doméstico, fuente directa de información de la vida privada de cuanto personaje despertaba el interés del Gobierno para ser espiados.

Desde la DFS Gutiérrez Barrios y Miguel Nazar tenían una numerosa lista de teléfonos particulares interceptados para grabar las conversaciones de cientos de actores políticos. Resultó muy eficaz, por ejemplo, disponer del servicio de vehículos de las tiendas comerciales de la época que se estacionaban cerca de una residencia u oficina y desde ahí disparaban un chupón que se pegaba en una ventana y que permitía escuchar las conversaciones de los hombres de la vida pública.

También controlaban a los choferes de políticos y artistas, estaban a sueldo y por eso se ocupaban, también, se espiar a sus jefes. Los jardineros y hasta los mozos de confianza formaban parte de la red de informantes de la DFS.

En las altas esferas del poder se sabía todo, ningún detalle se pasaba por alto. En el sexenio de Gustavo Díaz Ordaz, por ejemplo, fueron ampliamente espiados periodistas de la talla de Carlos Denegri, Julio Scherer García y algunos otros de Televisa, a pesar de que éstos últimos eran aliados del poder y recibían pagos por informar sobre las bondades del Gobierno. Por su puesto, los más afamados abogados también fueron espiados a través de sus asistentes o secretarias.

La decisión de abrir los archivos del Cisen permite ahora consultar la información acumulada por décadas por este órgano de inteligencia que devino en un instrumento descaradamente dedicado al espionaje político y no a la seguridad del país.

Ahora se puede confirmar lo que desde hace mucho tiempo se sabía con certeza: que el Gobierno federal, a través de la Secretaría de Gobernación, mantuvo por años esta tarea del espionaje político y social, signo de un régimen perverso del que sólo quedó el archivo negro que ahora se exhibe en Lecumberri.

Y aquí cabe preguntar: ¿En realidad el Gobierno de Andrés Manuel López Obrador no espía? ¿Y la seguridad nacional? ¿Y los actores políticos?

Es claro que un hombre desconfiado como él conoce los entretelones de esta práctica histórica, base del ejercicio del poder de todos los tiempos. Si el Cisen desapareció, otros instrumentos deben sustituirlos en aras de la seguridad del país y no precisamente para hacer espionaje político.

Pero lo cierto es que ningún país del mundo, por muy democrático que sea, ha renunciado a esa práctica que, ahora con las nuevas tecnologías, resulta más fácil y discreta.

El espionaje, sin duda, continúa.

Fuente: SinEmbargo

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