La Peste: metáfora de nuestro tiempo

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Por Susan Crowley

“La Peste es por lo menos soberbio y una metáfora de los tiempos por venir”.

Admiro a Vargas Llosa. Pero no estoy de acuerdo con su postura política, en especial cuando opina sobre México. Su tono de desprecio y sus descalificativos son muy poco atinados. Tampoco considero afortunada su opinión sobre el arte contemporáneo; no lo conoce y mucho menos lo entiende. Nadie duda que lo suyo es la literatura. Pero en su opinión, La Peste, de Albert Camus, es una novela menor. Un nobel desdeña a otro nobel. Necesito valor para refutar a un escritor de los tamaños de Vargas Llosa sobre todo cuando he profesado una pasión desmedida por muchas de sus novelas.

Atendiendo a la emergencia de los tiempos acabo de terminar de leer La Peste. Es la tercera vez que lo hago. La primera fue en la prepa; no creo que haya sido la mejor. La segunda cuando me sumergí en sus obras completas. Hoy cierro el libro asombrada. Es por lo menos soberbio y una metáfora de los tiempos por venir. Un relato aparentemente simple que refiere los hechos tal y como pueden suceder, en cualquier ciudad, en todas las épocas, a todos los seres humanos.

La peste tiene lugar en una ciudad en la que nada extraordinario suele suceder. Sus habitantes son gente común, ningún personaje digno de monumento alguno. Como toda sociedad contemporánea, su más alto objetivo es acumular dinero, llevar una vida en paz sin que nada les cause conflicto y gozar de cabal salud. No se sabe de actos heroicos, ni siquiera se exigen. Las guerras y las epidemias han quedado atrás. Los días transcurren en calma y con una cierta mezquindad entre unos y otros. El individualismo y la indiferencia son comunes a todos sus habitantes. La bonanza ha permitido sistemas de salud, alimentación, comunicaciones impecables. La economía del pueblo no va nada mal, el capitalismo los ha beneficiado; los créditos les permiten progresar. Los ricos administran sus fortunas y si bien son ajenos a las necesidades de los demás, pagan sus impuestos y consumen, son incluso solidarios con los que no tienen, eso garantiza una mejor vida para todos. Aunque el tufo de injusticia se oculte con desinfectantes y aromatizantes, la gente de “bien” está convencida de que la felicidad debe ser parecida a lo que vive cualquier persona de esta población.

Sin embargo, algo imprevisto sucede. Una enfermedad altamente contagiosa y mortal afecta a uno, luego a tres, después son seis. La veloz multiplicación no permite llevar las cuentas exactas; solo cálculos, al principio bajos, después no alcanzan los números, las estadísticas se disparan. Pero todo esto suena abstracto a los otrora felices citadinos. Hay una resistencia a aceptar que una enfermedad mata. En estos tiempos la ciencia ha logrado vencer a todos los males. Pero la naturaleza se empeña en decir lo contrario a medida que la morgue se va colmando. Con cada deceso, la población siente una herida profunda, su orgullo se ve rebasado.

Ayer estaba sano, hoy soy un contagiado, ¿me voy a morir? El tiempo real cede a uno distinto. Es el tiempo del encierro, del aislamiento. Llenar las despensas. Si es posible, hasta debajo de la cama, atesorarlo todo. En los mercados y sitios públicos el clima es de intolerancia y desesperación. Anaqueles vacíos, especulación. El desabasto causa pánico, el pánico mayor desabasto.

Surge una nueva prosapia: epidemiólogos, científicos, doctores, especialistas, con la verborrea necesaria para convencer. Los que saben de todo, opinan de todo, reciben la credibilidad de un oráculo, pueden desmentir a un especialista en salud con sus dichos. Increíble, son más escuchados. La masa consume insaciable la información y la desinformación por igual, la manipula. Por un instante cualquiera se convierte en líder de opinión; total, argumentos sobran. Los verdaderos estudiosos son desplazados por los alarmistas. Los adversarios ganan adeptos, detestan al sistema político y quieren que caiga. Una epidemia es la evidencia de lo mal que va el Gobierno. Acumular información, destilar ingenio, “el sentido del humor es lo último que muere”, denota inteligencia. Insuficientes, las carcajadas dan paso a los mustios mensajes de optimismo afectados e innecesarios. Habrá tiempos mejores. La generosidad se vuelve una forma social atípica. Un extraño egoísmo contagia, “lo quiero todo para mi”, se mezcla con una exagerada caridad. Bendita vanidad. Los ancianos olvidados, se vuelven importantes.

En un pueblo que antes mataba el tiempo en otras cosas, la enfermedad parece ser el único tema. Es el enemigo. Entre tú y yo hay una amenaza, parecen decirse quienes se miran a los ojos. Esquivos siguen su camino. Un malestar profundo se cuela. Todos sospechan de todos. “Esperaba verte, pero me es imposible con esta situación”, “antes tampoco me veías”. ¿No existía ya esa frase tan manida, nunca te vayas sin decir te quiero?

La voluntad distingue al individuo, la masa carece de individualidad. Tapabocas velan rostros temerosos. Anónimos, se vuelven cómplices involuntarios de los intereses de otros. Me niego a morir; prefiero ver mi muerte en el rostro del otro. Me desinfecto. En la casa la vida también se trastoca. Las parejas que creían estar unidas para siempre se dan cuenta que la muerte ronda. Algo peor que la enfermedad acecha. El desamor al que se han condenado. Los amantes se separan con una promesa que tal vez no se cumpla. Los que se conformaban con una relación mediocre y renunciaron al romance sublime se confiesan resignados y hasta cómodos. El tiempo se dilata como una burbuja en peligro de explotar. De un momento a otro se pincha y nos morimos. Pero, mientras, dura más de lo acostumbrado. El tiempo se cobra la manera en que ha sido usado. Estrés, tensión, ansiedad, angustia, fatiga, agotamiento, frustración, olvido.

Desear, atender, amar, requieren un rostro, la epidemia no quiere rostros, posee cuerpos para su eficaz propagación. Así que, a contar el tiempo, matarlo, pasarlo, llenar las horas, los días, prisioneros del tedio y de la ociosidad. Las bromas se agotan, la esperanza se debilita ante los malos augurios. El encierro es como una sentencia, destruye el deseo. Idealiza la mediocridad del pasado. Se construyen imaginarios de todo lo que hubiéramos hecho si no existiera este mal. Nada de eso, la tregua que ofrece una epidemia a los sueños que jamás se cumplirán es como una postergación a un condenado, no sirve, solo gana tiempo, un tiempo que no edifica.

Los días pasan en la autodestrucción y en la destrucción del otro, si es posible. Ganan los que abusan y aprovechan la crisis. Los pobres son una carga, hay que desaparecerlos. Ni siquiera merecen un entierro digno. ¿La vida tiene que ser justa? Triunfa la democracia, todos igualmente aterrados. La epidemia dura más de lo que se anunció. Se habla de fechas próximas para mitigar el ansia. Todos lo saben, la ciudad no volverá a ser la misma. La agonía vivida la marcará para siempre. “Ha habido en el mundo tantas pestes como guerras y, sin embargo, pestes y guerras cogen a las gentes siempre desprevenidas”.

Los innumerables muertos tienen la ventaja de ahorrarse el proceso de espera que se vuelve infinito. Habrá una salida algún día. No se sabe bien cuándo será, se eliminará la contingencia, ¿seremos libres? El mundo que sigue, nadie lo conoce, no se puede asegurar que el mal ha desaparecido por completo, se esconde en cualquier sitio, espera el olvido para volver a surgir. Cerré el libro con la sensación de que había pasado por el más terrible y bien escrito manual del usuario de lo que hoy vivimos. Una tercera lectura permeada de todos mis demonios, de la impotencia y la rabia al confirmar que esto ha ocurrido tantas veces y no hemos sabido cómo evitarlo. La última página narra un largo festejo para honrar el fin de la enfermedad. Y eso que La Peste no es más que una novela menor según Mario Vargas Llosa.

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@Suscrowley.com

Fuente: SinEmbargo

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