La Inteligencia chatarra de la CIA

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Por Dolia Estévez

Washington, D.C.— En 1987, la CIA temía que el próximo presidente de México fuera de izquierda. Cuando Carlos Salinas apareció por primera vez en el radar en 1984, lo CIA lo describió como político prometedor, partidario de la libre empresa. Tres años después, la agencia dio un giro. “Salinas es un tecnócrata ambicioso y un economista experimentado…tiene buenas conexiones familiares…pertenece a la izquierda del PRI y podría favorecer la estatización de empresas estadounidenses y de las multinacionales”, decía el perfil secreto de la agencia sobre el próximo presidente de México (The Washington Post, 16/10/1987).

Parte del trabajo de la CIA es elaborar perfiles clasificados de lideres presentes y futuros con valor estratégico para Estados Unidos. Por ser el puntero quien mayor nerviosismo genera, el escrutinio de Andrés Manuel López Obrador debe ser más intento que el del resto de candidatos. Si la CIA se equivocó con Salinas, podemos imaginar la inteligencia chatarra que debe estar produciendo sobre Andrés Manuel. Pero por más basura que sea, no puede subestimarse. Los perfiles de la CIA forman percepciones e inciden en la toma de decisiones de Washington. Son el resultado de un trabajo exhaustivo en el que la agencia no escatima recursos o personal. En su confección intervienen analistas de inteligencia, especialistas en interpretación de expresiones, gestos y lenguaje corporal. El producto final es para consumo exclusivo de la élite gobernante, empezando con el presidente en turno.

En enero de 1993, con motivo de la primera reunión entre Salinas y Bill Clinton en Austin, la CIA entregó al entonces presidente electo análisis secretos sobre el recién concluido TLCAN y el narcotráfico, así como previsiones sobre la postura que asumiría la delegación mexicana. En el paquete informativo destacaba un video sobre Salinas que enfatizaba su estilo de hablar, intensidad emocional y lenguaje corporal. El expediente también incluía perfiles de otros funcionarios mexicano con los que Clinton se reuniría, incluido Luis Donaldo Colosio. Al día siguiente, Clinton dijo que Salinas y el enfoque de los mexicanos habían sido “exactamente como la CIA pronosticó” (Center for the Study of Intelligence, 2001).

Si López Obrador gana, Washington sabrá, o creerá saber, quién es y cómo tratarlo. No parece ser el caso en sentido inverso. No hay indicios de que López Obrador y su equipo estén listos. No parecen tener estrategia o plan de vuelo. “Sinceramente mal, se puso en evidencia su poco conocimiento o poco interés en los asuntos externos. Puros lugares comunes sin ninguna aportación novedosa”, me dijo el Embajador Walter Astié Burgos, cuando le pregunté cómo había visto el posicionamiento de los candidatos ante Estados Unidos en el último debate.

El responsable en hacer que AMLO se interese en política exterior (“no es lo suyo”, me dicen) es Héctor Vasconcelos. Nombrado por López Obrador para ocupar el cargo de Secretario de Relaciones Exteriores de llegar a la Presidencia, este hombre de letras pasó fugazmente por la diplomacia sin pena ni gloria. No es del Servicio Exterior de carrera. Sus posiciones son tradicionales, poco imaginativas y sin mucha reflexión.

En entrevista reciente se limitó a los trillados postulados (Sin Embargo 11/03/18). Nada nuevo, creativo u osado. A pesar de tener fama de intelectual dado su DNA (su padre fue José Vasconcelos) no se le da mucho el vuelo de las ideas. Ha sido embajador una sola vez en Dinamarca (con concurrencia en Noruega e Islandia) al inicio del gobierno de Vicente Fox. Su experiencia sobre Estados Unidos es casi nula. No tiene el perfil necesario para rescatar la política exterior del acomodadizo servilismo en que la hundió Luis Videgaray. Hay mejores opciones. Sería saludable que López Obrador rectificara.

Nos guste o no, lo entienda o no Vasconcelos, la relación más importante es con Estados Unidos. Si gana, AMLO debería convocar de inmediato a las mejores mentes del país. A eruditos en todos los temas bilaterales: comercio, finanzas, crimen organizado, migración, armas de fugo, lavado de dinero, trata y demás. Pero también debería llamar a gringologos que entiendan y conozcan a profundad la política interna de Estados Unidos, su proceso electoral, sus leyes y sensibilidades. Formar un brain trust integrado por diplomáticos de carrera, activos o no, políticos y académicos de todos los colores. Un grupo incluyente cuya meta sea producir propuestas viables para sustituir la fallida política de Videgaray de tratar de apaciguar a Trump.

López Obrador deberá tratar directamente con Trump. Involucrarse personalmente. No delegar todo. La relación debe regresar a los canales institucionales. El back channel de Videgaray con el yerno deberá terminal. El trato debe ser respetuoso, pero al mismo tiempo firme, sin dinamitar la relación. No es tarea para neófitos. El país no aguantaría otro aprendiz. El embajador en Washington debe ser un diplomático de carrera nacionalista, astuto, audaz, sensible y experimentado.

México tiene armas políticas para lidiar con Estados Unidos. El que Peña no las haya usado no quiere decir que no estén en el arsenal. En última instancia, de no haber tregua en las hostilidades de Trump, México tiene la alternativa de desatar el nacionalismo de la sociedad nacional–como lo hacía el PRI en el pasado—contra el mandatario estadounidense y sus políticas antimexicanas. Pagar a Trump con la misma moneda. El fuego no siempre se apaga con agua.

Twitter: @DoliaEstevez

Fuente: SinEmbargo

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