González de Alba y los mitos del 68

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Por Francisco Ortiz Pinchetti

La muerte voluntaria de Luis González de Alba el pasado 2 de octubre en Guadalajara removió un tema que a él obsesionaba: la desmitificación de los acontecimientos ocurridos en Tlatelolco en esa misma fecha de 1968, hace 48 años. Esa historia, decía el ex líder estudiantil, “hay que limpiarla y bien”. Y es que a través de los años ese episodio, falsificado inicialmente por las mentiras oficiales, ha sido convertido en un mito… por quienes no lo vivieron.

Yo estuve en el tercer piso del edificio Chihuahua aquella tarde infausta. Era entonces un reportero freelance y como tal colaboraba con una revista quincenal,Gente, y con el semanario Jueves de Excélsior. González de Alba, que tenía justo mi misma edad, era un universitario que terminaba la carrera de Piscología en la UNAM y figura prominente del Consejo Nacional de Huelga. Estuvimos en la misma terraza y vivimos la misma experiencia, quizá separados apenas por tres o cuatro metros. Nunca sin embargo nos conocimos personalmente.

A pesar de haber recibido un balazo en el muslo izquierdo, ahora lo cuento, logré salir de ese horror por mi propio pie, gracias a mi credencial de Jueves. Esa misma noche, el doctor José Felipe Villaseñor me extrajo en su clínica Prensa de la colonia Portales 12 esquirlas de la pierna herida (supongo que de rebote) y me dejó una, que seguramente sigue ahí. Al día siguiente, los editores de Gente me pidieron una crónica de lo ocurrido. La escribí en primera persona el 4 de octubre en la casa de mis padres, donde convalecía. Los dirigentes de la revista, sin embargo, decidieron finalmente no publicarla. Quedó inédita. Veinte años después publiqué mi texto, tal cual, en el semanario Proceso, el 3 de octubre de 1988 (y hace unos días lo reproduje en el portal libreenelsur.mxhttp://ow.ly/L5og3059u5a).

Siempre encontré coincidencias entre los relatos de González de Alba y mi crónica. Algo fundamental es el que no puede hablarse de un “genocidio” y que el Ejército no fue a matar estudiantes, sino a dispersar la manifestación. En este sentido no hablaría tampoco de una “masacre”, pues no hubo esa intención. Soldados y estudiantes fueron víctimas de una emboscada. Un operativo “intencionalmente mal organizado”, describió Luis, enfrentó a los soldados con el Batallón Olimpia, desatando un fuego cruzado en el que quedaron atrapados estudiantes, vecinos y sociedad civil que los apoyaba. Estoy de acuerdo: se trató de una fallida y torpe trampa que culminó en un crimen infame cuyos verdaderos responsables quedaron impunes.

Compartimos tres datos que me parecen centrales. Uno: Inmediatamente que un par de cohetones sale por detrás del edificio de la Cancillería –y no desde el helicóptero que efectivamente sobrevolaba la plaza–y dos luces de bengala verdes descienden lentamente frente al templo de Santiago, individuos vestidos de civil armados con pistolas toman la terraza del tercer piso y someten a estudiantes y periodistas que ahí nos encontrábamos. Era clara su intención de aprehender a todos los líderes del movimiento, que supuestamente estarían presidiendo el mitin, lo cual no era así. Dos: Los primeros disparos fueron hechos desde la propia terraza del Chihuahua por esos individuos vestidos de civil que portaban un guante o un pañuelo blanco en la mano izquierda y que después sabríamos eran integrantes del Batallón Olimpia. Escribí en mi crónica: “Los hombres armados nos ordenan acostarnos sobre el piso, con las manos en la nuca. Al hacerlo veo como uno de ellos, armado con una pistola escuadra, dispara hacia abajo varias veces. Hacia el gentío, supongo. Son los suyos los primeros balazos”. Después de eso se desató la balacera.

El tercer dato esencial es el evidente pánico que se apoderó de nuestros captores ante la respuesta del Ejército, cuyas ametralladoras barrían el edificio, piso por piso. “Me vuelvo y observo que varios de ellos, sin dejar de apuntarnos, agitan una mano, mostrándola hacia el exterior a través de un trozo abierto de la terraza. “¡Blanco!, ¡blanco!, ¡blanco!”, gritan y vuelven a gritar”, escribí. “Vuelven a escucharse disparos, aunque lejanos y aislados. Los sujetos armados vuelven a gritar ‘¡Somos Batallón Olimpia!…’” La desesperación, pone mi texto, “se apodera de nuestros captores. Muchas veces gritan que son ‘Batallón Olimpia’. Nos hacen gritarlo a todos, a coro: ‘Una, dos, tres, ¡somos Batallón Olimpia!…’. Todo en vano. Siguen las balas”.

González de Alba se preguntó en una entrevista publicada en la revistaExpansión el 2 de octubre de 2013, por qué los soldados de verde no sabían desde un principio por parte de la Defensa que en el tercer piso militares vestidos de civil iban a detener a los líderes y luego desde arriba iban a disparar para dispersar a la gente. Resumió: “La Secretaría de la Defensa no sabía que soldados en ropa civil estarían rodeando el edificio Chihuahua. Y los soldados de civil, el Olimpia, creían que el Ejército regular tenía conocimiento de que ellos iban a disparar, en cuanto detuvieran a los dirigentes, para ahuyentar a la multitud”.

El desconocimiento y descoordinación queda demostrado, según el escritor que estuvo dos años preso en Lecumberri luego de su captura en la terraza, con un hecho del que él también fue testigo: el pánico en el que cayeron los integrantes del Batallón Olimpia cuando se dieron cuenta que eran agredidos por sus propios compañeros, los soldados. “Este es el meollo: esos civiles armados no esperaban respuesta del Ejército. Y eso únicamente se explica si creían ser parte de una operación coordinada por la Secretaría de la Defensa… y no lo era”, agrega en un capítulo de su último libro. No hubo barco para mí (Cal y Arena, 2013), en que repasa esos hechos. En contraparte, pone su texto, eso explica los disparos de los miembros del Ejército, que creían ser agredidos por estudiantes desde el piso tres del edificio Chihuahua, cuando en realidad se trataba de sus mismos compañeros, pero vestidos de civil.

Sobre el número de muertos no hice ninguna conjetura, porque no tuve oportunidad siquiera de ver la plaza al salir del edificio. Con el tiempo el tema se ha distorsionado a tal grado de que se afirma que hubo “centenares” y hasta “miles” de muertos o se precisa sin ningún sustento que fueron “más de 500”. Por los relatos de testigos presenciales a través de los años, incluido el propio González de Alba (que habló de entre 30 y 80 víctimas mortales), mi convicción es que no pasaron de 40, incluidos cuatro soldados.

Mi admirado colega y amigo Carlos Ferreyra Carrasco vivió como corresponsal el episodio debajo de una camioneta y a la sombra de una tanqueta “que disparaba su cañoncito contra las ventanas de los edificios”, en las inmediaciones de la plaza. Pudo ver cómo soldados protegían a los estudiantes y vio caer herido a un uniformado, que resultó ser el general José Hernández Toledo, comandante de paracaidistas. Estuvo luego en la Tercera Delegación, donde fueron llevaron los cadáveres. Y escribió que, “por testimonio personal puedo aseverar que sólo hubo algunos más de 30” muertos. La lista de víctimas inscrita en un monumento colocado en la propia plaza luego de convocar a los familiares, sólo incluye 28 nombres.

Como lector de sus textos, admiré de González de Alba su honestidad intelectual y su libérrima posición frente a temas controvertidos, vedados, al grado de trasgredir con frecuencia posturas políticamente correctas. Fue crítico irreductible y valiente de quienes desde la ignorancia, por protagonismo personal o a partir del prejuicio y un supuesto radicalismo político “de izquierda” abonaron a la creación de mitos, particularmente en el caso de los acontecimientos de Tlatelolco. Enfrentó a santones y santonas. Y pugnó siempre por la prevalencia de la verdad sobre el Movimiento Estudiantil de 1968 y su trágico final. Pienso ahora que me hubiera gustado ser su amigo. Válgame.

Twitter: @fopinchetti

Fuente: SinEmbargo

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