Entre Trump y AMLO, sólo un meme

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Por Jorge Zepeda Patterson

Desde hace días, columnas políticas, memes y comentarios en redes sociales se dan vuelo estableciendo un paralelismo entre Donald Trump y Andrés Manuel López Obrador. Más allá de que ambos hagan su pluma de vomitar de los políticos tradicionales, cuestionen la validez de un resultado electoral que no los declare vencedores y recurran a frases ingeniosas y políticamente incorrectas, las diferencias no podrían ser más contrastantes.

Los orígenes de López Obrador son modestos y provincianos, se ha dedicado a la política desde siempre, se caracteriza por una vida relativamente austera, comparado con cualquiera de sus colegas. Donald Trump nació en cuna de oro, ha subordinado su vida a la búsqueda voraz del dinero haciendo de la ostentación, del derroche y de la obsesión narcisista de su nombre y su figura la base del éxito empresarial.

Y eso por no hablar de lo diametralmente opuesto que resulta lo que en verdad importa: su programa de gobierno en caso de llegar a la presidencia. El ideario de Trump prioriza el fortalecimiento del llamado 1 por ciento (los más ricos) para reactivar la economía y sacar a Estados Unidos de sus problemas. López Obrador, sostiene justamente lo contrario, políticas públicas que favorezcan a los más desprotegidos, un mejor reparto de la riqueza en detrimento de ese 1 por ciento.

A pesar de estas diferencias tan obvias, la viralidad que ha experimentado la disparatada comparación entre estos personajes revela el tono que habrán de adquirir las campañas que se avecinan de cara a las elecciones del 2018. Las redes sociales jugaron ya un papel relevante en las campañas del 2012, pero es de párvulos comparado con lo que nos espera. Ciertamente fenómenos como el #Yosoy132 o la difusión masiva de los tres libros que Peña Nieto no leyó, nunca habrían existido sin este nuevo universo digital.

Pero seis años más tarde la mayor penetración de las redes sociales, el uso permanente del móvil, y el hecho de que el consumo de noticias sea ahora mayoritariamente referencial (es decir, se alimenta de lo que nos recomiendan otros usuarios vía Facebook, Twitter, Instagram y equivalentes), harán de memes, videos y frases ingeniosas de 140 caracteres la principal fuente para que los futuros electores conozcan a sus candidatos. Una idea terrorífica por donde se le mire.

Se me dirá que las antiguas campañas acartonadas que veíamos por televisión y la reproducción ad nauseam de retratos colgados en los postes, no eran precisamente el mejor recursos para enterarnos de quiénes eran los aspirantes al voto de los ciudadanos. Héroes beatificados o villanos satanizados, dependiendo de que la campaña fuera propia o ajena, y muy poco contenido real de la vida en carne y hueso de los hombres y las mujeres que disputaban el poder.

Pero eso era antes. El músculo fortalecido de esa conversación pública alimentada por una miríada de escándalos de Ladies, Lords, Mirreyes y funcionarios captados in fraganti, provoca una consumo diferente de la cosa pública y de sus personajes. Inexorablemente quedaremos atrapados por la voracidad insaciable a todo lo que sea chusco, mordaz, entretenido o ingenioso. Sea cierto o falso, justo o desproporcionado. La lógica de un meme no es que remita a un dato fidedigno sino que sea divertido. Como, por ejemplo, considerar que López Obrador y Donald Trump son personajes similares. (En realidad pensaría que Vicente Fox, como candidato, tendría más paralelismos con el empresario neoyorquino: como él, gracias a su carisma se impuso a la élite de su partido, en este caso el PAN, para convertirse en su abanderado; y las frases de “comes y te vas”, “resuelvo lo de Chiapas en 15 minutos”, sus lapsus e ignorancias, hacen recordar la actual campaña del republicano. Pero incluso esta comparación es injusta, tampoco Fox se la merece).

Las próximas campañas presidenciales serán inéditas, entraremos en territorios desconocidos. Mucho ruido digital, linchamiento, odio viral, descalificaciones y, sobre todo, infoentretenimiento. Y si consideramos que todavía no dejamos atrás las deplorables prácticas de clientelismo, compra y manipulación del voto, podríamos enfrentar un proceso electoral con lo peor de esos dos mundos: el anacronismo de las estrategias mapaches del pasado y la banalidad que caracteriza a la blogosfera en materia política. Algo así como ser país de obesos con altos niveles de desnutrición. Malas fusiones de pasado y futuro, pues.

Fuente: SinEmbargo

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