En una sociedad bananera el plátano es el rey

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Por Susan Crowley

Ninguno de los objetos que circularon por el vasto mercado de Basel tuvo la atención y la cobertura de medios del plátano. En un par de días se viralizó en todas las redes sociales, acaparó la atención de los titulares y quedó para la historia como “la pieza” de Art Basel 2019

En un mundo en el que los desechos nos inundan y ya nada nos sorprende, no merece la pena hablar de una cáscara de plátano tirada en el suelo. Pero si esa cáscara, custodiada por un guardia, se encuentra en medio del Museo Jumex y forma parte una exhibición la cosa cambia. Si te la vuelves a encontrar expuesta en una de las salas del New Museum de Nueva York, empieza a levantar sospechas. Lo primero que vendrá a tu mente es, “ya no saben qué inventar” o “no se miden los museos exhibiendo estas porquerías”, o probablemente las dos cosas. Darás la media vuelta y evitarás cualquier explicación que seguramente redundará en tu enojo. Pero resulta que un adinerado coleccionista te invita a su mansión y entre los grandes nombres de artistas que ostenta y la fortuna invertida en muebles y objetos, te vuelves a topar con la cáscara de plátano. “Una de mis favoritas, es de Adriana” (así nomás). No hace falta que mencione que es Adriana Lara, reconocida artista conceptual mexicana. Cuando le preguntas el precio que pagó y te dice que solo fueron diez mil dólares, te pasmas, ¿cómo demonios llegamos a esto? Una mezcla de impotencia y desconfianza te invaden. Dejarás el tema ahí. Nadie podrá convencerte jamás de que una cáscara de plátano puede ser arte.

Hace unos días en una escandalosa nota de los periódicos el plátano vuelve a ser protagonista. Te dejará cimbrado. Esta vez no es Adriana; el italiano Mauricio Cattelan, uno de los más influyentes artistas de los últimos veinte años dio la nota. Sucedió en la famosa feria de Miami Art Basel, una fiesta de millonarios compradores, snobs, wanabis y uno que otro experto del arte. Un espacio en el que abunda lo kitsch y el mal gusto, el mundo del quién es quién, sinónimo del poder adquisitivo de sus asistentes. Art Basel es el aparador delante del que los visitantes aspiran a hacer suya alguna de las costosas piezas firmadas por los big names. En esta competencia de a ver quién tiene más, muchos están dispuestos a pagar cifras millonarias y hacer cola para obtener los mismos nombres que otros acaudalados ya presumen en sus muros. Ni pensar en darse la oportunidad de invertir en artistas desconocidos o arriesgar por un arte emergente. Aquí todo va a lo seguro: “Mira el Hirst que me compré, ¿no es adorable?”, “este Anish se va a ver incre en mi pared del bar”, “yo me fui por este Prince que me parece super divertido”. Como si fueran mascotitas, las compras son presumidas en Instagram, Face y todas las redes en las que se pueda dejar en claro el nivel adquisitivo del devoto del arte en cuestión. Lo que hasta ahora no se había documentado era que alguien tomara una pieza exhibida, se la comiera y dijera, “deli”.

El plátano de Cattelan, del que existen tres versiones más (uno vendido a una coleccionista privada, los otros ya en el acervo de importantes museos), se encontraba dentro del círculo dorado de las blue chips, las más cotizadas galerías, suspendido en la mitad del muro de Perrotin. En la compra se incluía un peculiar instructivo con ciertas especificaciones, algunas contradictorias y otras irónicas y hasta cómicas. Cientos de personas se acercaban a denostar a Comediante, como lo llamó su autor. Pero el plátano, sabiéndose sin aura alguna que le permitiera competir con el arte reverenciado y admirado, dudando hasta de por qué su título, permanecía inmutable en espera de ser descolgado para su nuevo dueño o acabar en los botes de basura de la feria. Más de dos espectadores suspiraron, “¿quién tuviera el dinero para poder gastarlo en estas mafufadas?”. Algunos osados del arte susurraron, “¡qué maravilla, yo sí pagaba por ella!”. Lo que más se escuchó fue: “qué tomada de pelo!

Mientras todo esto ocurría y Art Basel pintaba para ser una más de las ya predecibles ediciones, David Datuna, artista que se define como de clara conciencia social, entró al boot. Sin más, arrancó el fruto de la pared, le quitó la cáscara mientras anunciaba “esto es un performance”,” artista hambriento” y se lo comió. De un bocado borró las expectativas de venta del plátano, del galerista y del artista. Pero sin saberlo, potenció la pieza a una acción conceptual sin precedente. “No mames”, pensó la mayoría. Ahí está todo el sentido.

Cattelan fue notificado y consultado sobe la posibilidad de demandar al transgresor. El italiano proclamó que lo ocurrido era parte de la vida de la obra y su destino, en este caso acabar engullida por un artista desconocido. Como es lógico las hordas de curiosos se multiplicaron a tal grado que Perrotin decidió no reponerla.

Ninguno de los objetos que circularon por el vasto mercado de Basel tuvo la atención y la cobertura de medios del plátano. En un par de días se viralizó en todas las redes sociales, acaparó la atención de los titulares y quedó para la historia como “la pieza” de Art Basel 2019.

¿De qué se trata entonces? Como ya lo había establecido el artista norteamericano Andy Warhol, los valores del arte conceptual se juegan en función de su capacidad de representación; el espectador funge un papel importante dentro del proceso porque anima dichos valores. El arte no es más un objeto que se aquilata, es una suerte de moneda de cambio. Es su propio devenir lo que le da sustento. En su ensayo Contra el Tiempo, el filósofo Luciano Concheiro nombra a ésta como la época de la aceleración. “Este fenómeno explica en buena medida cómo funcionan hoy en día la economía, la política, las relaciones sociales, nuestros cuerpos y nuestra psique”. Trasladado al arte, el sentido de un objeto ya no es su valor costo/producción, reside en la inmediata trascendencia que tenga y su capacidad para captar la atención. Entre más rápido se interne en el inconsciente colectivo, mayor su eficacia, no importa que también se esfume rápidamente y sea olvidado. Acciones efímeras, golpes mediáticos y pasar a lo que sigue.

¿Cuánto tiempo durarán los efectos causados por Comediante?, ¿hasta dónde llegarán las consecuencias de la pieza y de la acción? Por lo pronto, ha dado pie a reflexionar una vez más los valores del arte contemporáneo. También nos obliga a preguntar quiénes somos y en qué nos hemos convertido en una sociedad en la que el espectáculo y el consumo, son el eje. Después de todo no será difícil imaginar una selfi en la que Comediante y todos nosotros exhibamos la idea de felicidad, belleza, agilidad mental (quién dice qué y en cuánto tiempo), éxito, poder adquisitivo, amor y el orgullo al pertenecer a una era en la que el plátano es rey, aunque sea solo por un día.

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@Suscrowley.com

Fuente: SinEmbargo

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