El sorprendente señor Anaya

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Por Alejandro Páez Varela

Alguna vez, no hace mucho tiempo, un cercano colaborador de varios políticos bastante encumbrados –algunos de ellos con fama de bastante corruptos, también– me dijo de Ricardo Anaya (y trato de reconstruir las palabras textuales): “Es muy inteligente; te asombrarías qué tanto”. Enseguida me contó dos o tres maniobras en la Cámara de Diputados, y de una ocasión en la que lo vio aprenderse un discurso casi completo en apenas unas horas, y luego repetirlo en público.

Yo pensé que las maniobras y aprenderse el discurso no lo hacían inteligente, pero me causó mucha curiosidad y desde entonces –hace como dos años– busqué a Anaya por distintas vías para verlo, conocerlo, entrevistarlo, platicar con él. No tuve éxito. Después me di cuenta que no sólo yo: casi nadie tiene éxito en entrevistarlo, salvo cuando se trata de temas coyunturales (sobre todo en televisión y radio) y para hablar de cosas puntuales. Jamás de él, de su vida y su carrera. Puras cosas puntuales.

Si flotaran en éter, puestos al tú por tú, conozco más de José Antonio Meade que de Anaya. Al menos Meade tiene una pública vida de burócrata de altos vuelos, sí, sí, al servicio de dos de los peores presidentes que México. Pero al menos, guste o no, la experiencia pública de Meade allí está y nos permite saber quién es, más o menos. Pero, ¿y Anaya?

Si revisamos su carrera, Anaya es un individuo con poca experiencia. Y ya. Sí, pero, ¿qué es? ¿Quién es? Así como así, lamento decirlo por los que creen en él, votar por Anaya es un volado. Anaya no da entrevistas. Anaya se mantiene dentro de una burbuja y no da respuestas. Vean y verán –como se dice–: habla básicamente en mesas de noticieros sobre temas coyunturales, pero nunca se somete a un interrogatorio; nunca ve a los ojos de un periodista. Anaya se me afigura –como se dice en el rancho– un tlacuache, una zarigüeya: te enteras que existe cuando ya mató a las gallinas. ¿Quién es, qué piensa, cómo se vende a sí mismo? Toda la carrera de Anaya han sido intrigas palaciegas, grilla de oficinas; no me queda claro, pues, con qué credenciales pide el voto popular.

Así como así, si los votos llevan a este hombre a la Presidencia de México habría que cerrar los ojos como en un aterrizaje forzoso. Va, va, seis años con ojos cerrados. Si se siente la turbulencia, que le mueva a los controles; si no encuentra la pista, que llame a torre de control; si se siente un madrazo, pues ni modo: podía pasar, porque el madrazo estaba entre las opciones cuando eliges a un extraño que no ve a los ojos y se mantiene encerrado, como piloto bebedor, en la punta del avión. Y si se roba las gallinas o las mata, ustedes me recordarán: Anaya se me afigura –como se dice en el rancho– un tlacuache, una zarigüeya. Y conste que esos marsupiales me caen bien pero, claro, no les abriría las puertas de mi casa porque desconozco cómo se comportarían, qué harían con mi cama o con mi refri, con mi ropa y, horror de horrores, qué destino tendría mi librero.

Por cierto: ¿Anaya lee? ¿Anaya es vegetariano o carnívoro o ninguna de las dos cosas? ¿Qué piensa de Lázaro Cárdenas, de Emiliano Zapata? Él, en los debates de 1966, ¿habría aceptado que Francisco Villa tuviera letras de oro? ¿Ama la Revolución de 1910? Sí, habla francés; y se lo creo porque lo dijo pero, ¿para qué le ha servido? ¿Para leer en su propia lengua a Maximilien Robespierre o para estudiar los pasos de Philippe Pétain? Sí, sí, habla inglés pero, ¿le ha servido para cantar rolas de Queen y para leer a Raymond Carver? ¿Alguien podrá preguntarle eso, sin que sea entrevista a modo y sobre temas coyunturales para los que se prepara, sí, con gran avidez?

No me equivoco, y no se equivoquen: Anaya está lejos de ser tonto. No puedo decir, aunque lo escuche, que es “muy inteligente”, fuera de lo común. Pero por las entrevistas coyunturales y sus participaciones en eventos de aquí y allá –en donde, sí, tiene dotes de buen orador– hay suficiente para decir que no es tonto.

Pero mi juicio se basa en poco, realmente; en datos que vienen de ambientes controlados por Anaya, y me explico: sus pleitos con Javier Corral, con Gustavo Madero o con Margarita Zavala los ha librado en su mesa y sobre su plato. Tiene la habilidad de conducir a sus adversarios a terrenos planos en donde él previamente ha instalado un torreón artillado. Y entonces, con la ventaja que le dan la altura y las ranuras entre los bloques de concreto, dispara y opera. Y gana, por supuesto. Eso no me habla de él, pero sí me dice cómo se maneja. Es muy difícil para mí decir que es marrullero, pero sí es ventajoso: Corral y Madero estarían locos si lo dijeran hoy, pero en su momento tenían exactamente la misma opinión que Zavala: llamaban marrullero a Anaya. Es más, peor: los dos, Corral y Madero, lo llamaron “corrupto” (como Zavala). Se quejaban de que, con recursos de la Cámara de Diputados o del PAN, Anaya los madrugaba.

Ayer la revista Proceso le soltó un ramalazo tremendo: dijo que Anaya se ha enriquecido con manipulación de recursos de una fundación, compra de propiedades ligadas al gobierno de Querétaro y amigos constructores. Más o menos lo mismo que dijo El Universal. Muchos creyeron al panista cuando respondió, a las notas de El Universal, que el PRI y el Gobierno federal querían hundirlo. Ahora respondió igual: “La guerra sucia no nos va a detener. El PRI está desesperado y ya no sabe qué hacer para levantar la campaña en ruinas de su precandidato”, dijo acerca de la revista Proceso.

Es decir: que Proceso, uno de los medios más anti-priista que yo conozco, se prestó al PRI. Pues no me convence. Digo, entiendo que están duros los fregadazos, pero no me convence su respuesta.

Muchas horas después de que se difundiera el texto de Proceso por todo el país, Anaya dijo en Veracruz: “Van a venir aquí una bola de charlatanes, candidatos falsos que vienen a prometer que todo va a cambiar, pero no nos dicen cómo le van a hacer para cambiar las cosas. Mucho cuidado con esos charlatanes”. Ejem. ¿“No nos dicen cómo le van a hacer para cambiar las cosas”? ¿Él sí nos dijo ya? ¿Dónde para verlo? ¿Dónde para escucharlo, leerlo, estudiarlo? Anaya hizo ayer lo que sabe haber mejor: se dio la vuelta, volvió a la burbuja y listo. ¡A por los votos!

Como decía: no dudo ni tantito que Anaya sea muy inteligente y de entrada le concedo que tonto, tonto no es. Pero me gustaría saber quién es realmente Anaya fuera de la burbuja en la que se mantiene; qué piensa, de qué está hecho. ¿Come dulces? ¿Fuma en secreto? ¿Bebe? ¿Canta? Hay dudas sobre su patrimonio, hay dudas sobre sus declaraciones de bienes, hay dudas de él. ¿Piensa aclararnos todo en algún momento o esperará a ganar como gana –con una mezcla de astucia, suerte y pragmatismo marrullero– y ya, acomodarse la corbata y despachar en Los Pinos?

Si algo dejó un sabor muy, pero muy amargo a los mexicanos, es que se haya vendido con publicidad y engaño a un Enrique Peña Nieto. Y ya ven las consecuencias. Hemos pagado ese fraude con creces. Lo han pagado hasta aquellos que votaron por él: vean cómo está el Estado de México. Ahora no me parece justo que debamos esperar a que el candidato panista sea Presidente para saber si era o no una zarigüeya e iba por las gallinas.

Podemos decir quién es Andrés Manuel López Obrador y calcular, más o menos, qué esperar con él en la Presidencia. Podemos decir lo mismo incluso de José Antonio Meade. Pero, ¿quién es en realidad el sorprendente señor Anaya? Tengo amigos de buen nivel dentro del PAN, y ni ellos me pueden responder a esa pregunta. ¿Promete ser otro Salinas, otro Zedillo? Si gana, ¿será otro Fox, otro Calderón, otro Peña?

¿Quién es, realmente, el señor Anaya?

Fuente: SinEmbargo

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