¿Cuánto durará la tregua?

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Por Dolia Estévez

El inequívoco mandato que recibió Andrés Manuel López Obrador para gobernar México, representa la oportunidad de reiniciar las relaciones con Estados Unidos. El cambio de tono en el puntual tuit de Donald Trump felicitándolo por su histórica victoria y sus declaraciones al día siguiente, parece anunciar una tregua. Un cese temporal de hostilidades.

Y es que la perseverancia y osadía de López Obrador son el tipo de cualidades que el mandatario estadounidense respeta. Para Trump, AMLO es un líder fuerte y legítimo. Un interlocutor válido. Obtuvo más votos que él; Morena arrasó a nivel nacional y atestó un golpe demoledor al PRI. López Obrador hizo lo que Trump no ha podido: transformar un movimiento político en un partido vencedor en las urnas. Un logro espectacular, digno de admiración y envidia. Pocas cosas frustran más a Trump que tener que lidiar con las lealtades divididas del Partido Republicano. Si tan sólo tuviera su Morena.

Para Trump, AMLO es la antítesis de Peña. La invitación a Los Pinos fue una señal de debilidad que marcó para mal el trato con Peña. El pecado original. Desde entonces, no ha dejado de humillar al impopular y cuestionado líder, reducido a lame duck. Trump desprecia a los débiles y respeta a los que percibe como fuertes. Es fan de Kim Jong-Un y Putin. Se jacta de tener la habilidad de discernir a sus pares en la primera instancia. Es cuestión de feeling. Trudeau, Markel, Macron no le dan buen feeling. Los tacha de débiles. AMLO, por ahora, sí.

Lo halaga la comparación ramplona que hacen de ellos los medios estadounidenses. “Will Mexico Get Its Donald?” (The New York Times 29/06/2018); “Mexico’s could-be president is a lot like Trump,” (The Washington Post, 17/06/18); “Mexico’s Trumpian populist…” (Politico 01/07/18). Sí, debe cavilar, AMLO es como yo: se impuso al Establishment, desestabilizó el escenario electoral, es populista, confrontacioncita, polarizante y quiere acabar con “la mafia del poder”, versión mexicana de mi “drain the swap”. Pero lo cierto es que vienen de mundos opuestos. AMLO se formó en las arduas batallas de la izquierda política, en un movimiento que se abrió camino golpe a golpe. Trump, en cambio, se formó en los suntuosos salones corporativos de la empresa multimillonaria que heredó de su padre y en la frivolidad del que todo lo tiene. Para López Obrador, ganar es un arte que se aprende en las derrotas, para Trump un privilegio congénito.

La primera conversación que tuvo con AMLO contrasta con la tristemente célebre llamada con Peña Nieto a principios de 2017. Trump dijo que hablaron de seguridad fronteriza, de comercio, del TLCAN y de un “acuerdo [comercial]por separado” entre ambos países. Y que anticipa tener una “buena relación” con el próximo Presidente de México. Ningún viso de animosidad. Ninguna amenaza. Ningún mangoneo.

Añadió que la elección de AMLO fue “muy excelente”, “mejor de lo anticipado”. Luego el guiño de ojo: “hace algunos años, cuando lo vi [no hay constancia en el dominio público]haciendo campaña para una contienda diferente, le dije que sería Presidente de México. Se acordó de eso [AMLO] y resultó que así fue”. López Obrador no ha corroborado el dato. Con todo, resulta cómico que ahora Trump diga que supo primero que nadie que AMLO sería Presidente cuando sus personeros advirtieron de los riesgos de la llegada de un líder “antiamericano” en México.

La primera prueba de esta endeble tregua será la reunión que se prepara entre ambos. Son demasiados los desacuerdos en comercio, migración, frontera y seguridad. No los zanjarán tan fácilmente del todo. De entrada, la petición de Trump para que México sea el brazo sur de la detestada Patrulla Fronteriza es una exigencia que López Obrador no debe ni puede aceptar. Además, es improbable que Trump deje de usar a México como piñata y de insistir en que pague por el muro. Son constantes de su narrativa, no variables. Intrínsecas a su éxito político. López Obrador ha dicho que no permitirá que ningún Gobierno extranjero trate a México como piñata y que de ser necesario enfrentará a Trump para defender los intereses nacionales. La duración del cese de hostilidades dependerá de Trump más que de AMLO. Esperemos que cuando se realice el encuentro AMLO-Trump, el equipo de política exterior del candidato ganador ya tenga un plan de vuelo definido. El cambio de Héctor Vasconcelos por Marcelo Ebrard como titular de Relaciones Exteriores es buena señal. Hace un mes, dije que Vasconcelos no tenía el perfil necesario para rescatar la política exterior del acomodadizo servilismo en que la hundió Luis Videgaray. “Hay mejores opciones. Sería saludable que López Obrador rectificara”,observé (SinEmbargo 08/06/18). No sé si López Obrador me lea, pero bienvenida la rectificación.

Ebrard combina una trayectoria de internacionalista por el Colegio de México con una extensa carrera política. Como secretario de Seguridad Pública en la Jefatura del gGbierno de la Ciudad de México, trató con Rudolph Giuliani, ex Alcalde de Nueva York y confidente de Trump. Está mejor preparado para lidiar con el neurasténico de Trump que Vasconcelos.

Bajo los últimos sexenios, la imagen de México tocó fondo. El país de la corrupción, la impunidad, los homicidios, las desapariciones, la censura y la opacidad. Eso somos para el mundo. México ocupa lugares indignos en las calificaciones globales. Reprobamos en casi todo. La elección de López Obrador tiene el potencial de revertir, no sólo de forma sino de fondo, la percepción negativa. El derrocamiento del viejo régimen fue bienvenido a lo largo y ancho del cosmos. México tiene un bono de legitimidad. No lo desperdiciemos.

Twitter: @Dolia Estevez

Fuente: SinEmbargo

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