Celos: el veneno del amor

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Por Alfredo Espinosa

Amor, ¡qué palabra! Poquitas letras pero todas cargadas de ponzoña y maldición. Por todos lados tiene filos acerados, hiere si deseas asirla. Sólo se le entiende si lo has vivido.

No te atrevas a invocarla si no quieres enfrentarte a sus demonios. Toda su turbulencia, sin embargo, se domeña si la persona que amas se dirige a ti con esa palabra. Pero si esa palabra nadie la pronuncia para ti y la voz que amas la dice al oído de otro, entenderás lo que es el infierno.

Le muestras el corazón desgarrado a la persona que amas, le imploras que vuelva a ti, pero ella te reclama que ya ha sido muy aporreada, que necesita aprender a respirar de otra manera, que se hunde y que en el naufragio toma lo que esté cerca de ella.
Y tú sufres como perro. ¿Has sentido el dolor del amor?

Quienes sostienen que el amor es un asunto de impulsos nerviosos, neurotransmisores, endorfinas y ferormonas, están equivocados. El amor es un asunto del corazón, y ahí duele. Y duele cuando lo que amas, aquello de quien depende tu felicidad, no es tuyo o ha dejado de serlo. Una daga, a mansalva, con un solo golpe seco, se hunde en tu pecho. ¿La hundes tú mismo, la mano que amas o un tercero que se entromete? Sientes el metal, de pronto, en la intimidad de tu corazón porque descubres una deslealtad, porque desbocaste tus celos una noche de insomnio, porque te invade la incertidumbre, porque algo terrible que te dice la persona amada te hiere brutalmente, porque las circunstancias apremian a la ruptura, porque no puede ser lo que ya ha sido…

El pecho se te oprime, te duele hasta el aliento. El estómago se hace nudo, se cierra la garganta. Alguien te sofoca, te ahorca. No duermes, no comes, hay un desasosiego permanente. Te persiguen las sombras. Estás tan débil que un resfriado te puede matar, o una canción; no toleras los noticiarios ni los periódicos, te duelen los poemas, lloras cuando una pareja se besa en la calle o maúlla un gato hambriento. La luna es una hostia del demonio. No te concentras, trabajas, necesitas un trago y pides un cuchillo.

Cada instante dices su nombre y es un clavo ardiendo en tu frente; la sueñas, la sudas, la vomitas. Sales a la calle y crees que se te aparecerá a cada momento. La imaginas, ah, la imaginas como cuando era tuya, y te arrepientes por los sinsabores que le hiciste pasar y te enfureces por la manera tan estúpida de perderla.
Y entonces, por fin, entiendes que las ecuaciones del corazón son más complejas que el cálculo infinitesimal y la trigonometría; más explosivas que la pólvora, más impredecibles que la conducta de un delirante. Que nada se sabe, sólo que el amor es un ciego guiado por una loca.

La esencia del amor es la libertad, pero para quien ama, la libertad de la persona amada es intolerable. Quien ama desea que esa persona le pertenezca absolutamente. Quiere unirla a sí con grilletes, o herrarla como si fuera una res, o más civilizadamente, firmar ese contrato de pertenencia, hoy llamado matrimonio, pero eso no lo salva de los cuernos. La libertad es el conflicto más poderoso del amor. Su mayor felicidad es cuando dos se funden en uno; y el peor infierno es cuando dos juran ser uno y resultan, por lo menos, tres.

La posesividad, casi inevitable en el amor, lleva a los tormentos más acerbos. Esa es la raíz de lo trágico. Todos los días leemos en las notas rojas de los periódicos acerca de los crímenes más atroces cometidos por la desmesura del amor.

El demonio de la posesión es el demonio que espolea los celos, los delirios paranoides. Las desconfianzas son permanentes.

Impide toda libertad a la persona que ama, y que sin embargo ha encontrado indicios, sospechas, ha oído chismes, comportamientos distintos en el animal de costumbres que más quiere, de que algo no camina como antes, y la vigila, la asfixia, la ahoga. Es una obsesión. Las palabras que en ciertas noches embriagaban, “eres mía, soy tuyo”, porque daban pertenencia y arraigo en los corazones, se vuelven en contra de la pareja cuando uno de ellos dice “ya no puedo más” y el otro (a) responde “eres mío y de nadie más”.

La obsesión consiste en exigirle afecto como antes se lo otorgaba, o de modo más generoso y explícito a quien se ama, pero esa persona ya no puede o no quiere darlo.

De pronto, en un parpadeo, la persona amada se convierte en un arma letal, o ella que había sido el nombre de la dicha.
La obsesión es la renuncia a la libertad. Todo su ser se fija a una persona, a una idea, a una circunstancia que no logra poseerla como antes según la necesitaba o creía merecerla. La tenacidad de esa dependencia encubre, en realidad según lo ha demostrado Erick Fromm, un miedo a ser libre. Romper la dependencia o la adicción implica vérselas con su propia soledad y poner a prueba sus propios recursos derrotados. De pronto, se le desteta, se le desengaña y comienza a patalear, a hacer berrinches y panchos, a prometer una reconquista, cambios personales, a pedir un tiempo más. No comprende que cuando el amor se acaba, se acaba.

Alguno de los dos ya no puede vivir de esa manera; pero el otro(a) no puede vivir sin el uno(a). En oscuros momentos como éste Lope de Vega (Español 1562 – 1635), tuvo una lucidez que horroriza:

¿Quién mata con más rigor? Amor
¿Quién causa tantos desvelos? Celos
¿Quién es el mal de mi bien? Desdén
¿Quién más que todos también
una esperanza perdida,
pues que me quitan la vida
amor, celos y desdén?

Y cuando el amor es más posesión que desprendimiento, los celos son más intensos. El finiquito del amor, que el otro (a) no comprende porque lo sigue necesitando, aunque no haya hecho gran cosa para cultivarlo, mueve la locura emponzoñada que hibernaba en su corazón. Y el volcán estalla en celos. Celos: sentimiento de la honra mancillada, guardianes de la reputación, custodios del qué dirán, pinchazos al ego.

A la posesión se le defiende con furia. El sujeto del amor se convierte en un objeto valioso (“eres la gema que Dios/ convirtiera en mujer/ para bien de mi vida”) que hará que el propietario acreciente su patrimonio y su importancia social. Esa es una de las razones por las que no puede desprenderse de un sujeto-objeto ya sin vida, sin amor.

La pertenencia que juraron entre besos y arrumacos se convierte ahora en un hierro que marca la propiedad y ésta exige a quien ya no quiere estar ahí que continúe su residencia en su establo, en el hogar que ahora es una cárcel, incluso cuando el libérrimo amor haya volado a otros cielos.

Entre los que se aman hay tatuajes, juramentos, pactos de sangre, convenios, contratos, pero el amor es indomeñable; sólo acepta sus prisiones si a ellas, gustoso, se entrega; y aún esclavizada, la persona construirá una nueva ilusión inalcanzable para quienes la aprisionan.

Más si se le apresa con imposiciones, chantajes u otras argucias, el amor se escapará de sus custodios y buscará hacer nido en otro corazón. Aunque salir de esa cárcel implique rodar de unos brazos a otros.

La entrada de un tercero a la vida amorosa de la pareja pone en jaque las convicciones, el código moral en el que se ha movido. Sacude la vida de quienes lo albergan en sus corazones y, un simple pañuelo puede desencadenar una catástrofe en un alma suspicaz, una mirada que fugazmente se detiene en otros ojos, un conflicto que enciende entre dos una pasión inesperada.

La pertenencia posee un nombre oscuro: la posesividad. Y se ejerce con el control, la manipulación, el chantaje. Pero que haga panchos no quiere decir que no sufra; lo hace y como un perro.

Los celos son un amor negro y trágico. Es la pérdida del bien más preciado: el sosiego y el contento del corazón. Y cuando esto se pierde, coincidirás con Otelo: “Ni adormidera, ni mandrágora, ni todos los brebajes narcóticos del mundo te curarán jamás devolviéndote el dulce sueño que tenías hasta ayer”.

ALFREDO ESPINOSA
Narrador, poeta y ensayista.
Su más reciente novela es:
Territorios impunes (UACJ, 2011)

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aespinosadr@hotmail.com
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