2 de julio

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Por Alejandro Páez Varela

La gente de Andrés Manuel López Obrador se está reuniendo con empresarios. Han estado siempre a una llamada, pero en las semanas posteriores al primer debate se enfatizaron los contactos con los organismos, primero, y con algunos de los menos radicales que habitan la cúpula.

Viendo el debate de anoche, el segundo, aunque López Obrador fue arremetido con furia (se trata de un puntero con muchos votos arriba de sus contrincantes), lo que me sugiere el efecto del primero en las encuestas y las tendencias de las últimas semanas es que ya hay pocos recursos para bajarlo en su tercer intento por la Presidencia. Y es el tercero porque en los dos anteriores hubo distintos factores que le impidieron llegar: estuvo el marranero auspiciado desde la Presidencia de Vicente Fox, como primer escollo; luego, él mismo tuvo poco cuidado. Pero además la élite empresarial financió una guerra sucia sin precedentes en la historia de nuestra democracia en construcción.

Ahora parece inevitable su triunfo y por eso, creo, los empresarios organizados y muchos de los más poderosos –que mueven a éstos sindicatos empresariales– han empezado a dialogar con el equipo de López Obrador. Tengo dos testimonios de los encuentros. En ambos, me dicen, las reuniones son de buen tono: tratar de zanjar diferencias, preparar el terreno para el 2 de julio, el día después de la elección. En uno ha participado Alfonso Romo y en otro Esteban Moctezuma, que iría a Educación pero que tiene hilos con ciertos grupos. Los empresarios son pragmáticos como pocos; saben que quizás la ventaja del izquierdista es ya insuperable, y que tienen que empezar a ver qué viene.

En una conversación reciente, una de las piezas clave en el posible gobierno de Morena me dijo que (de ganar la Presidencia) López Obrador planea dedicar los cinco meses de la transición “en tranquilizar a los inquietos” y en dialogar con el Gobierno de Enrique Peña Nieto para que ya no profundice en reformas que planea revertir. Le interesa mucho, me dijo, qué se acuerde con Estados Unidos en los siguientes meses y no sólo en materia de comercio sino también en seguridad y migración. “No quiere sorpresas al llegar”, me dijo.

También me dijo que “todo diciembre de 2018”, es decir, en cuanto llegue, lo dedicará a afinar y anunciar uno por uno los planes para los siguientes años en materia de grandes obras. Tiene en mente, y hace bien, no detener el Presupuesto de Egresos de la Federación para no frenar la economía, algo que sucedió los primeros seis meses del arranque del peñismo, con Luis Videgaray. Quiere arrancar 2019 con “grandes proyectos que marcarán su sexenio, grandes proyectos que, además, generarán empleo y oportunidades para las empresas”.

Claro que hay un núcleo en el empresariado con el que nunca se podrá dialogar con ganas de construir nada. En ése están los Claudio X. González, los Alberto Bailléres González o los Germán Larrea Mota Velasco. Los tres han sido financieros de los opositores del candidato de Morena y al menos los últimos dos, grandes beneficiarios de concesiones y contratos durante los gobiernos del PAN y el PRI. Aún así, el mensaje que se está enviando a ellos y a los otros es que no habrá una cacería de brujas y que hay una disposición de dialogar. “AMLO no planea venganzas de ningún tipo. Lo que pasó, pasó”, me dijo.

Si es cierto lo que me dicen, veo a AMLO corrigiendo los errores de los dos primeros intentos. Sobre todo con los empresarios. También creo que, de cara al 2 de julio, la idea es aislar al grupo de empresarios radicales con los que no habrá entendimiento de ningún tipo. Lo que quieren dejar claro es que es algo personal, de ellos, contra López Obrador. Exponerlos: extenderles la mano para que la dejen tendida.

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En el PAN, si no se zangolotean mucho las cifras, el 2 de julio será mucho más complicado. En primerísimo lugar, contar los triunfos. Y allí se darán topes contra la pared. Tenía mucho sentido, y pongo este ejemplo, asegurarle a Miguel Ángel Mancera un lugar en el Senado si se ganaba la Presidencia; pero sin la perla mayor y por lo tanto sin mucho qué repartir, esa plurinominal dolerá muchísimo a un equipo que tendrá que enfrentar reclamos de los que se quedaron fuera por las alianzas con PRD, Movimiento Ciudadano, Ahora y otros grupos pequeños con los que Ricardo Anaya se sentó y entregó posiciones para ganar adeptos.

Una cantidad enorme de cadáveres se acumula en el entorno de Ricardo Anaya. Golpeó a muchos para quedarse con el trono y esos, en la derrota, ganarán nuevamente voz. Dentro del PAN habrá una guerra civil y afuera estará peor para el entonces ex candidato presidencial. Estamos ya a 40 días de las votaciones y a 36 de que terminen las campañas, y seguimos con enormes dudas sobre el origen de su riqueza, por ejemplo. Hay un desconocimiento total de quién es realmente él. La semana pasada se dijo que la demanda por lavado en España entró a un juzgado mientras que ayer Álvaro Delgado, de Proceso, le hizo otra vez las cuentas y pues no cuadran. Eso no se detendrá; lo seguirán acosando sus propias cuentas incompletas. Es sabido que el Presidente Enrique Peña Nieto (que estará cinco meses más) lo considera un traidor. Y cuidado con convertirse en el receptáculo del descontento del Presidente y su grupo político.

El sábado pasado, Jorge Volpi escribió: “Afincado en el pretexto de que lidera una coalición variopinta, [Anaya] no se arriesga a exhibir sus propias opiniones, se anda por las ramas, evade las preguntas difíciles o, mejor aún, finge contestarlas sin jamás hacerlo. Recordemos cuando en el debate de Milenio se le exigió confesar sus ganancias mensuales: trató de escurrirse hasta que no le quedó más remedio que pronunciar la fatídica cifra. Solo acorralado revela alguna idea propia: su armadura es su palabrería”. En febrero pasado escribí que no dudaba ni tantito que Anaya sea muy inteligente y de entrada, dije, le concedo que tonto, tonto no es. Desde entonces dije que me gustaría saber quién es realmente Anaya fuera de la burbuja en la que se mantiene; qué piensa, de qué está hecho. Ya sabemos que sabe pegarle a la perilla de bax pero hay dudas sobre su patrimonio que, a estas alturas, no resuelve. Desde febrero pregunté: ¿Piensa aclararnos todo en algún momento o esperará a ganar como gana –con una mezcla de astucia, suerte y pragmatismo marrullero– y ya, acomodarse la corbata y despachar en Los Pinos? Pues termina mayo y Anaya no termina por explicar su riqueza.

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En el PRI, el 2 de julio será despertar a la tragedia. Los números disponibles indican que no sólo perderá la Presidencia, sino que la población se sacudirá de su presencia en estados y municipios. Ganar una, en las actuales condiciones, será un acto de heroísmo. Se plantea una derrota que se extenderá hacia sus aliados, el Partido “Verde” y Nueva Alianza. Literalmente, el Presidente Enrique Peña Nieto tendrá que ponerse en manos de sus opositores, es decir: deberá confiar en que no habrá una persecución. Pero yo creo que habrá escándalos de los que no podrá evitar llamar a su abogado. Eso creo. Vamos a ver.

Con la víspera se puede decir que después del PRI, el gran perdedor de esta contienda será el PRD. Los datos indican que apenas podría conservar el registro de partido nacional. Perderá la capital del país, que ha gobernado desde 1997; se quedará sin la mayoría de las delegaciones que hoy tiene y con bancadas de broma en el Congreso federal. Perderá la Asamblea Legislativa, que mantiene hoy con una alianza hasta con el PRI. Además, los perredistas se despertarán como después de una despedida de soltero: estarán acostados con los peores, que son los que se quedaron con el partido. Ni siquiera legado tendrán. Ninguno de los ex jefes de gobierno son ya miembros del PRD: ni Cuauhtémoc Cárdenas, ni López Obrador, ni Marcelo Ebrard, y Mancera nunca lo fue.

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Vamos a ver qué sigue en estos 40 días. Muchos pensaban que se le guardaba una bomba nuclear (Jacobo) a López Obrador para detonársela a estas alturas. No ha sucedido. Dentro de Morena dicen que si tuvieran algo contra él, ya lo habrían utilizado. Es decir: no veo cómo se pueda bajar ya al candidato de izquierda.

Con los números que hay se puede decir que el 2 de julio será un día histórico. Por primera vez ganará la izquierda. Por primera vez, muchos que han votado y han perdido, ganarán. Por primera vez habrá posibilidades de un gobierno que voltee a ver a los más fregados de los fregados, lo que es una buena noticia para todos, incluso para los empresarios.

Creo que lo urgente, este 2 de julio, es que, si gana, Andrés Manuel dé inicio a un proceso de sanación. Zanjar diferencias debe ser una prioridad, y sumar voluntades (además de las que votaron por él un día antes) debe estar en su mente. Es un reto enorme el que traerá en la espalda; se han generado muchas expectativas.

Fuente: SinEmbargo

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